Fueron tiempos dificiles para los dos. Yo era una enciclopedia, un compendido sin sentimientos de los qué, cuáles y dóndes de su vida, cuando, en realidad, lo único importante eran los porqués. Derrochábamos tiempo, nos sentíamos perdidos.
De modo que cambié. Me convertí en Magallanes, en Colón, en un explorador de los misterios de la mente, y aprendí, despacio y a trancas y barrancas, lo que debía hacer. Aprendí algo que hubiera resultado evidente incluso para un niño. Que la vida es sencillamente una colección de pequeñas vidas y que cada una de ellas dura un día. Que debíamos dedicar cada uno de ellos a buscar la belleza, en las flores y en la poesía. Que no hay nada como una jornada empleada en soñar, en disfrutar de la puesta de sol o de la brisa fresca. Pero sobre todo aprendí que para mí vivir es sentarme en un banco junto frente al mar, y a veces, en los día buenos, enamorarme.

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